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Mala suerte: que te nombren miembro de un jurado en un difícil asunto penal.
Mal asunto: que no seas capaz de decidirte a la hora de emitir tu veredicto.
Mala idea: que, para salir de la indecisión, organices una encuesta pública en tu perfil de Facebook.

Como todo el mundo sabe ya gracias a los autos del juez Garzón, la responsabilidad penal se extingue con el fallecimiento. Pero siempre tiene que haber algún aprovechado, como este brasileño que ha esperado a morir para cometer parricidio.
Una vez fallecido, se introdujo, mejor dicho, fue introducido en un ataúd y, en el trayecto al cementerio a bordo del coche fúnebre, aprovechó un volantazo del conductor y el consiguiente desplazamiento del féretro para impactar contra su viuda, que a la sazón viajaba en el asiento del copiloto, causándole la muerte (a ella también). Decía Jardiel Poncela que la muerte tiene una sola cosa agradable: las viudas. ¡Qué poco le ha durado tan seductor estado civil a Marciana da Silva Barcelos, que así se llamaba la pobre señora!
Estamos pues, amigos, ante el asesinato perfecto: el parricida no sufre riesgo corporal alguno, pues ya está muerto, y además queda impune penalmente. Ni al mejor Hitchcock se le hubiese ocurrido. Para más inri (con perdón), si la buena mujer desea ahora litigar contra su marido ante algún tribunal celestial, no encontrará letrado que la asista, puesto que como es notorio, los abogados estamos todos asignados en el lado del infierno.

Al asaltar una casa, no olviden comprobar si ya está ocupada por diez policías que estén investigando un delito anterior.

Una mala idea: invitar a tus compis del cole a tu fiesta de cumpleaños y dejar fuera a dos niños que te caen gordos.
Una idea pésima: que las autoridades académicas te confisquen las invitaciones por discriminación contra dos compañeros.
Una idea merecedora de portada en este blog: que tan trascendental conflicto jurídico acabe en el Parlamento sueco, y éste finalmente dictamine, tras sesudas deliberaciones, que los escolares pueden invitar a sus celebraciones a quienes les dé la gana.
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He aquí otro curioso suceso autorreferente en el mundo del Derecho. Un patent troll, o secuestrador de patentes, es un turbio empresario que compra patentes a precios de saldo a empresas en apuros económicos y a continuación se dedica a sacarle los cuartos en vía judicial a otras compañías que utilizan la invención patentada, con o sin razón.
La idea es hacerse con patentes baratas y luego exigir a sus usuarios el pago de derechos aunque el troll realmente no tenga intención de fabricar ni desarrollar la tecnología en cuestión. Microsoft se vio obligada a cambiar el diseño de su navegador Explorer para sortear la demanda de un patent troll. Otro tanto le pasó a RIM, que a punto estuvo de retirar su celebérrima Blackberry por las presiones de otro de estos polizones del sistema.
Muchas patentes aparentemente ridículas, como el método para pintar usando el trasero de un bebé, un sistema para contabilizar la cola de espera para entrar en el aseo, o un filtro para el gas humano, se solicitan con la finalidad de extorsionar a futuros usuarios de buena fe.
Pero la industria contraataca. El gigante norteamericano Halliburton ha solicitado una patente que reivindica un método de “adquisición de patentes por un no-inventor y su posterior ejecución contra otra entidad”. Como se indica en el gráfico, el proceso consiste en adquirir una patente, redactar una reivindicación dentro del ámbito de la patente que sea lo suficientemente amplia como para cubrir el producto de una determinada empresa, presentar la reivindicación ante la oficina de patentes y a continuación entablar una demanda por infracción contra esa empresa.
En definitiva, Halliburton, harta de sufrir los ataques de trolls de patentes, pretende ahora patentar el trolling de patentes. Salvo que la patente sea un chiste en sí, cosa bien posible, esta curiosa jugada especular pretende proteger a Halliburton frente a tan latosas criaturas y sus patentes abusos de las patentes, valga el trabalenguas. Si alguna osa demandar a la empresa esgrimiendo una patente, Halliburton no tiene más que reconvenir o contrademandar por ¡vulneración de su patente sobre el trolling de patentes!

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Quien crea que en el sector jurídico no hay I+D, está muy equivocado. Last Call es un programita gratuito para el iPhone que permite al usuario calcular su nivel de alcohol en sangre y verificar si está listo para conducir sin rebasar los límites legales.
La idea es que mientras uno se acoda en la barra y va pimplando cubalibres a go-go, vaya al mismo tiempo anotándolas en el artilugio, de modo que antes de perder la siempre deseable verticalidad y los correspondientes puntos en el carnet, una alarma nos alerte sobre nuestro miserable estado.
A continuación, podremos utilizar el propio iPhone para localizar un taxi cercano o incluso, y aquí viene lo bueno, para contactar en directo con un abogado especializado en alcoholemias si el conductor se topa con la autoridad y la cosa se pone realmente fea.
En fin, tan innovador dispositivo exige una rutina que se me antoja tan improbable como difícil de importar a las tradicionales y conocidas etapas de la curda española: precopeo, copeo, facilidad de palabra, exaltación de la amistad, cantos regionales, negación de lo evidente, tuteo a la autoridad, insultos al clero y delirium tremens. ¿En qué punto de tan infalible sucesión de actos ha de insertarse la ‘consulta al alcoholímetro del iPhone’?

Al sureste de Turquía existe una ciudad denominada Batman, cuyo alcalde, Hüseyin Kalkan, se ha propuesto demandar judicialmente al director de la película El Caballero Oscuro por uso ilegítimo de nombre.
Nuestro valeroso munícipe se enfrenta, sin aptitudes sobrehumanas de ninguna clase, a la injusticia de ver cómo el topónimo de su ciudad ha sido arrebatado por un adinerado caballerete encapuchado con pinta de murciélago, que se pasea en un vehículo no homologado, se refugia en una baticueva y mantiene una dudosa relación con su ayudante menor de edad.
Por si fuera poco para la noble y centenaria villa turca, los batmanienses que viven en el extranjero, especialmente en Alemania, no pueden usar Batman como denominación comercial de sus restaurantes o negocios, ya que rápidamente se ven rodeados por los abogados de la productora que posee los derechos de propiedad intelectual correspondientes.
No sabemos si el humilde edil turco logrará derrotar a los esbirros del pintoresco superhéroe de Gotham. Su destino parece ligado al de Joker, el superenemigo que ineluctablemente acaba derrotado en cada aventura. Pero ya antes otros alcaldes han conseguido enfrentarse a poderes superiores y defender su honor con éxito, como el de Zalamea en el Siglo de Oro español.
Si Pedro Crespo consiguió vengar el ultraje sobre su hija prendiendo, juzgando y ajusticiando al pérfido y abusón Don Álvaro dándole garrote, ¿por qué no podría hacer lo mismo el alcalde de Batman? Desde aquí le deseamos buena suerte en turco: ¡Iyi sanslar!
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He aquí unos funcionarios verdaderamente perspicaces, de esos a los que no se les ‘pasa ni una’. La administración sueca en materia de tráfico, que como el lector bien sabe, se llama Vägverket, ha denegado una solicitud de matrícula de coche un tanto peculiar. A primera vista, parece una mera combinación aleatoria de letras, X32IARO.
Pero si se lee al revés, como es habitual cuando se hace a través del espejo retrovisor, X32IARO reza, nada menos, ORALSEX. El solicitante - convengamos que un tipo bastante guasón - se ha quedado compuesto y sin matrícula.
Sorprende el celo que dedican las autoridades suecas, conspicuamente liberales en todo lo demás, a la vigilancia del orden público y las buenas costumbres en carretera. La resolución administrativa, empero, no prohíbe al solicitante su práctica amatoria favorita, sino solo su exhibición a efectos identificativos de su vehículo. Suponemos, por último, que la decisión se ha notificado por escrito, evitando la más insegura vía oral.
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