Hay comunicados de prensa que le dejan a uno boquiabierto, turulato, estupefacto y cariacontecido. Éste es uno (las negritas son mías):
Sorprende constatar a qué extremo de confusión hemos llegado en las relaciones entre las empresas y sus clientes. Se supone que las asociaciones de consumidores
se encargan de defender a éstos a la hora de, por ejemplo, consumir cuando les venga en gana. Para amparar a los pequeños comerciantes, ya están sus asociaciones o gremios. Y ello suponiendo que los intereses de unos y otros sean contrapuestos, cosa harto dudosa.
Por otro lado,
¿qué tiene una asociación de consumidores contra las conductas consumistas? Es como si un sindicato de pilotos se posicionase en contra de la aviación comercial, o un gremio de mecánicos contra el motor diesel. El consumo,
loado sea, permite a los ciudadanos de las economías libres adquirir los artículos que necesitan, y a los empresarios crear todos los días productos y servicios nuevos. Es además, el mejor y más eficaz generador de puestos de trabajo que ha inventado el genio humano. En cambio, el término "consumismo", como dice Luis Ignacio Parada, es un un invento de cuatro envidiosos que no tienen ni dinero, ni gusto, ni alegría para vivir la vida, y dedican su tiempo a amargárnosla a los demás.
En este asunto FACUA parece respaldar al legislador estatal en materia de horarios comerciales, que se comporta con una mezcla de
conmovedor voluntarismo e insufrible paternalismo. ¿Quién se ha creído que es, qué clarividentes potestades se arroga para decirme a mí y a mi familia cuándo tengo que hacer mis compras, y cuándo debe prohibírmelo para “no caer en conductas consumistas”?
Pensaba que
ser mayor de edad servía para algo, pero ya veo que no. Que el legislador se equivoque o pierda el rumbo entre el oleaje de los diversos grupos de presión es esperable. Que dicte medidas intervencionistas y provoque consecuencias perversas (en este caso, por ejemplo, el perjuicio para las madres trabajadoras o el menoscabo que la prohibición de abrir en domingos supone para la causa de la conciliación laboral) es habitual. Pero que
los sedicentes representantes de los consumidores respalden medidas dirigidas a perjudicar a éstos, es cosa que merece ser cartografiada en un
mapa del mundo al revés.
La fabulosa aptitud que tienen los nostálgicos del despotismo ilustrado para determinar lo que nos conviene o no a la grey consumidora recuerda mucho al brindis legionario aquel:
Si Dios, en su infinita bondad, borrachos nos mantiene, ¡será porque nos conviene!
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