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Hace poco aludíamos medio en broma al Derecho Polar como nueva especialización jurídica con el telón de fondo del cambio climático. Pues bien, un ayuntamiento de Alaska acaba de acaba de demandar a Exxon y otras cuantas compañías eléctricas y petroleras, por su contribución al calentamiento global. Los munícipes denuncian que la capa de hielo les protegía, ya que la economía local se basaba en la pesca de salmón y la caza de focas. Al fundirse el hielo la primavera llega antes y las olas provocadas por las tormentas dañan la costa e impiden la caza.
Ante esto hay quien se pregunta lo siguiente. Si, como parece claro, las compañías energéticas causan daños al medioambiente y de forma indirecta perjudican los intereses de los demandantes, ¿no deberían estos demandarse también a sí mismos? Supongo que los intrépidos alascanos, salvo que vivan en la Edad de Piedra, se calientan con combustibles fósiles, viajan en vehículos a motor (aunque sean motonieves) y generan basuras, como todo quisque. Los letrados que han redactado la demanda habrán consumido lo suyo en transportes, electricidad, etc. Todos, en mayor o menor medida, contribuimos al calentamiento de la atmósfera y sufriremos – sufrimos ya – sus efectos.
En todo caso, si la demanda prospera, y otros tribunales se suben al carro indemnizatorio, no es difícil figurarse la nube gigante de pleitos que se cierne sobre el planeta cuando el nivel del mar comience a elevarse y los propietarios de hoteles y propiedades en las playas del mundo se empiecen a mojar los pies. ¿Estamos en vísperas de la tormenta jurídica perfecta?
Fuente | Slashdot
Una sola frase constituyó la pifia más monumental que se recuerda en el mundo de los grandes litigios corporativos internacionales:
“Me estoy hartando de mentir sobre la extensión de nuestras reservas”, escribió en un mal día de noviembre de 2003 Walter van der Vijver, responsable de producción de la petrolera Shell, en un correo electrónico dirigido al presidente de la compañía. El mensaje salió a la luz en una investigación interna que desencadenó un escándalo de colosales proporciones, obligó a la multinacional a recortar en más de un 20% sus reservas declaradas de petróleo, más de cuatro millones de barriles, y originó una lluvia de demandas de los accionistas defraudados a los dos lados el Atlántico.
La hecatombe corporativa sirvió de forja para una modalidad de litigio internacional, una sofisticada muestra de ingeniería jurídica: el llamado ‘modelo Shell’ de acción de clase internacional que consiste en lo siguiente.
Los abogados de los accionistas europeos de Shell se unieron a una demanda colectiva entablada en los tribunales de EE.UU., reclamando una indemnización por daños punitivos, típicamente estadounidense. Al mismo tiempo, interpusieron una acción en los Países Bajos, uno de las pocas jurisdicciones europeas en las que cabe presentar demandas de clase cuyos efectos alcancen a una pluralidad indeterminada de perjudicados, aunque no participen en el pleito. Finalmente consiguieron llegar a un arreglo extrajudicial en Holanda.
Es decir, aprovecharon todas las ventajas de litigar en Estados Unidos, sin riesgo de condena en costas (allí no existen), reclamando agresivamente sanciones punitivas gigamillonarias en juicios con jurado. Esto les sirvió para presionar a la petrolera demandada y, solventar luego el asunto amistosamente en campo propio, como así ocurrió. La ejecución de la transacción extrajudicial, y el pago de la sustanciosa indemnización, corrió a cargo de la más sosegada jurisdicción holandesa. Todo un pleito-bumerán con itinerario trasatlántico.
El experto Michael Goldhaber se pregunta atinadamente en este artículo si Ámsterdam podría convertirse en la capital europea de las demandas colectivas.
Todavía estoy frotándome los ojos tras leer esta pasmosa transacción extrajudicial que han conseguido en Estados Unidos los abogados de los consumidores de VigRx, un suplemento dietético que supuestamente servía para alargar el pene y que comercializaba una oscura empresa de spam. Se trata de una demanda colectiva a la que pueden unirse los usuarios defraudados por el producto, y que ha finalizado mediante un acuerdo amistoso entre los demandantes y la compañía demandada.
Quienes se unan al pleito, podrán obtener como indemnización un reembolso de 10 dólares, o un “paquete de prestaciones alternativas” de un valor superior. Estas prestaciones consisten en una suscripción a un antivirus, cupones de descuento en diversos establecimientos y – aquí viene lo bueno - un acceso de tres meses a los vídeos de la Liga de Lucha Libre entre Mujeres Desnudas en Nwwl.com, y una descarga gratuita del manual electrónico Pene de Acero.
Los estudiantes de derecho civil recordarán que el primordial principio jurídico que rige la reparación o resarcimiento de los daños y perjuicios reside en la reparación integral. Este principio obliga a los jueces a lograr la más perfecta equivalencia entre los daños sufridos y la reparación obtenida por el perjudicado, de tal modo que éste acabe situado en una situación lo más parecida posible a aquélla en la que se encontraría si el hecho dañoso no se hubiese producido.
En el caso que nos ocupa, si usted compró VigRx por Internet tras recibir un correo no solicitado y no está contento con el resultado, no lo dude: súmese a este pleito y podrá descargarse la utilísima obra citada y ver gratis cómo las mejores luchadoras se dan de mamporros en pelota picada sobre el cuadrilátero. Esto sí es una «restitutio in integrum»…
Actualización: Perdón por la autoreferencia, pero me ha gustado cómo han reseñado esta anotación en el programa televisivo Cámara Abierta 2.0 de La 2, hacia el minuto 3:30.
La tradición anglosajona cuenta que una mujer, allá por 1445, se distraía el Martes de Carnaval cocinando panqueques, un plato muy útil pues daba cuenta de todos los huevos, manteca y leche que había por la casa y que quedaban vedados durante la inminente cuaresma. (Por cierto, que de ahí proviene la expresión francesa Mardi Gras, ‘Martes Grasiento’). De pronto escuchó las campanadas de la parroquia, se dio cuenta de que llegaba tarde a misa, y salió corriendo por la calle con la sartén aún en la mano y con el mandil puesto. Desde entonces se celebra la ‘carrera de los panqueques’, en la que los concursantes deben correr por un cirtuito del pueblo volteando estos dulces, sartén en ristre, y ataviados con un mandil y una bufanda.
A lo que íbamos. Los organizadores han decidido cancelar una de las más antiguas, la que protagonizan los niños todos los años en la localidad británica de Ripon, en North Yorkshire, y ello ante la insalvable montaña de trámites legales y requisitos de prevención de riesgos que se ha ido acumulando a lo largo del tiempo. Las compañías de seguros exigían valoraciones de riesgos de resbalón sobre los adoquines, el ayuntamiento requería múltiples licencias, las ordenanzas obligaban al pago de numerosas tasas por la ocupación privativa del dominio público, etc.
He aquí un buen ejemplo de cómo la hiperregulación puede acabar asfixiando la propia actividad que pretende regular, aunque sea tan inocente como una carrera popular. Y no es un problema solo de Occidente. Leemos que la cerveza sin alcohol está prohibida por el Islam puesto que, según el líder religioso del Consejo Islámico de Singapur, se bebe como alternativa a algo que está prohibido (la cerveza con alcohol), y ello en virtud de la "jurisprudencia islámica de cerrar las puertas a la transgresión".
Al hilo de esto, me permito un vaticinio aplicable a nuestro país. Si las corridas de toros, las Fallas o los Sanfermines acaban desapareciendo, no será debido a la presión de los grupos antitaurinos o las asociaciones anti-ruido, sino ahogados por la marea regulatoria que no para de crecer, proveniente de los tres mares normativos que nos rodean (local, autonómico y estatal), y por el burocratismo rampante del legislador, que es aquí uno y trino.
Y eso sin contar la normativa comunitaria: ¿qué fue del compromiso asumido por el Consejo Europeo en marzo de 2007 de reducir la carga burocrática sobre el ciudadano en un 25% antes de 2012? Pardiez, ¡pero si ya ni siquiera se puede correr con una sartén por la calle!