El aforismo ubi societas, ibi ius ('donde hay sociedad, hay derecho') resume la idea de que la ley siempre va un paso por detrás de los fenómenos sociales. Algunas ramas del Derecho no suelen entrar en los programas de estudios, pero a más de uno nos hubiese encantado estudiarlas. Ya nos preguntamos aquí alguna vez acerca del régimen jurídico de los ascensores espaciales, tan lejano, en el tiempo y en el espacio, a los conflictos de linderos y las palomas y conejos que aún corretean por nuestro Código Civil. Hoy la protección de datos, o la biotecnología, constituyen especialidades jurídicas.
Y con el calentamiento global surge, quién lo iba a decir, el Derecho Polar, que aborda las cuestiones de soberanía y los conflictos de propiedad sobre los nuevos terrenos que el deshielo deja al descubierto. Una universidad islandesa ha convocado incluso un máster al respecto. No hay que ser demasiado visionario para pronosticar que pronto aparecerán despachos de abogados especializados en cambio climático. Trabajo no les va a faltar...
Demostrado científicamente: La mitad de los enfermos con traumatismo craneoencefálico que van a juicio fingen sus dolenciaspara percibir un beneficio económico.
En esto de los testigos falsos, quien tiene la desfachatez de traerlos al juicio es invariablemente el abogado de la parte contraria. Nuestros testigos son siempre veraces, faltaría más. Ya lo cantaba Ramón de Campoamor en un poema muy malo y muy relativista:
En este mundo traidor, nada es verdad, ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira
Por cierto, si algún lector tiene por delante algún juicio importante, y está estudiando abastecerse de testigos falsos en la web TestigosFalsos.org, tendrá que buscarse otro proveedor. Se trata de una cofradía que sale todos los años en la Semana Santa de la localidad cordobesa de Puente Genil y que rememora aquel pasaje bíblico en el que el sanedrín buscaba falsos testimonios contra Jesús para condenarle a muerte. Nada que ver, pues...
OpenCongress, una jornada de puertas abiertas permanente
He aquí una idea dospuntocero felizmente trasladada al terreno de la política. OpenCongress.org permite al usuario elaborar un perfil personal para hacer un seguimiento de las leyes en trámite y de las intervenciones y el sentido de cada uno de los representantes y senadores estadounidenses. Pongamos que a uno le interesa saber todo lo que se cuece en el horno legislativo sobre medioambiente, educación o gasto militar. Pues bien, desde un único ciberlugar, puedo enterarme en directo de todas las iniciativas legislativas, quién las propuso, quién votó a favor y en contra, con qué argumentos, e incluso qué grupos de presión han financiado la campaña de cada parlamentario. Como no podía ser menos, la plataforma incorpora herramientas de red social e intercambio de información y comentario entre los usuarios.
Este útil proyecto de la Sunlight Foundation nos lleva a preguntarnos lo siguiente. ¿Se comportarán de la misma manera los políticos cuando la tecnología ponga en manos de los ciudadanos una información perfecta, por ubicua y exhaustiva, sobre cómo se administra su voto? Sitios como OpenCongress ponen una potente herramienta de participación política en manos de cualquier ciudadano conectado, mucho más allá que antiguallas pre-internet como las "jornadas de puertas abiertas".
Si cualquiera desde su ordenador es capaz de escudriñar el interior de la fragua de las leyes como quien revisa el motor de su coche, cabe esperar que los parlamentarios se vean verdaderamente obligados a asumir la responsabilidad por sus actuaciones y decisiones, y por otro lado, a rendir cuentas ante los electores y responder por las consecuencias resultantes de sus actos u omisiones sin el paraguas protector de los partidos o facciones políticas. En definitiva, eso que en inglés se resume en una sola palabra: accountability.
Charlando en RNE-1: ¿Merecen todas las víctimas la protección del Derecho?
El viernes pasado intervine en el programa de radio Asuntos Propios que dirige Tony Garrido en RNE-1 al hilo de una curiosa noticia judicial que viene de Canadá y que tiene mucho que ver con lo que en criminología se denomina el "dilema victimológico".
Se trata de la canadiense Sandra Bergen, que ha demandado al camello que le suministró metanfetamina cristalizada, sustancia que le provocó graves secuelas físicas. Tras un pleito en rebeldía del demandado, que no se presentó al juicio, el tribunal le ha condenado a resarcir a la ahora ex -toxicómana con una indemnización económica. Lo nuevo es que no se trata de una mera denuncia penal por tráfico de drogas, sino una demanda civil por daños y perjuicios.
La conversación radiofónica puede escucharse aquí mismo:
¿Qué opina el lector? ¿Merecía la toxicómana la protección de los tribunales, cuando ella misma conocía y asumía el riesgo para su vida de tomar drogas ilegales? Por el hecho de haber contribuido al riesgo para su propia salud, ¿debió perder toda acción legal contra el camello? O más bien, ¿debe responder éste de sus actos, incluso indemnizando a la víctima, con independencia de la actuación claramente imprudente de ésta?
Los fabricantes de productos de consumo de todo tipo sufren un creciente temor a encontrarse con reclamaciones millonarias de clientes accidentados que esgrimen, como argumento para sus demandas, que los artículos no muestran los oportunos avisos de funcionamiento o advertencias de riesgos.
Se trata de la responsabilidad civil por daños causados por productos defectuosos, que en España viene regulada en la recientemente remozada Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios, En particular, el artículo 12 obliga a los empresarios a “poner en conocimiento previo del consumidor y usuario, por medios apropiados, los riesgos susceptibles de provenir de una utilización previsible de los bienes y servicios, habida cuenta de su naturaleza, características, duración y de las personas a las que van destinados”.
Como todas precauciones son pocas, cabe barruntarse que acabaremos imitando a los productores, habitualmente norteamericanos, que colocan avisos chuscos de puro obvios en sus artículos para evitar ser demandados por falta de información. Existe incluso un concurso al respecto, que este año ha dedicado su Galardón a la Etiqueta más Excéntrica a la instalada en un tractor y que reza, nada menos, “EVITE LA MUERTE” (véase la foto más arriba).
He aquí otros finalistas y candidatos de años anteriores:
Un aviso que recomienda usar gafas de seguridad para utilizar un abrecartas.
Una advertencia en un bolígrafo de tinta deleble que previene de su uso para “firmar cheques o documentos legales”.
Una moto infantil advierte: “Este producto se mueve al ser utilizado”
La etiqueta de un secador de pelo reza: “No utilice este secador mientras duerme”.
Un pulverizador de autodefensa indica: “Puede causar irritación en los ojos”.
Un lavavajillas muestra este aviso: “Impida que los niños jueguen dentro del aparato”.
Un desatascador químico incluye este aviso autorreferente: “Si no puede leer estas instrucciones, no utilice este producto”.
La advertencia que da título a esta anotación.
También es cierto que tanta cautela no sirve de nada cuando un consumidor con malos humos tiene tiempo y ganas de pleitear. Siempre podrá encontrar algún argumento en una kilométrica y prolija ley como la citada, que se compone de, nada menos, cuatro libros, divididos en los títulos y capítulos correspondientes. Esto ya lo puso Zorrilla en verso en El zapatero y el rey:
“Oíd con calma que a quien vengarse ambiciona ni precauciones le bastan ni se contenta con pocas”.
En mi primer año de Universidad me dio por apuntarme a un coro aficionado de polifonía, donde conocí a gente realmente interesante, buenos músicos, incluso un tocayo catapultado posteriormente a merecida fama. De todos guardo un recuerdo entrañable, en particular por la paciencia con la que soportaron mis aterradores gorgoritos en la fila de los bajos graves. Afortunadamente para la Historia de la Música, mi incursión belcantista se quedó en aquella experiencia, y desde entonces solo perpetro algún cántico en excursiones campestres para deleite de alguna cabra despistada.
Otro tocayo que sí entonaba bien, y sabía solfeo, era Javier Romañach, un tipo realmente simpático y brillante, amigo de la vida y de la velocidad a los mandos de una moto enorme. Esa misma máquina, de la que alguna vez disfruté como copiloto a espalda de Romañach, le arrojó algún tiempo después a una silla de ruedas de la que desde entonces no se ha levantado, al menos físicamente.
La tetraplejía no le ha convertido en un hombre demediado. Además de su actividad profesional relacionada con la tecnología, dirige el Foro de Vida Independiente, una organización que batalla por la visibilidad de la diversidad funcional, término que no pretende ser un eufemismo de discapacidad o minusvalía, sino una referencia a los derechos que reclaman: poder controlar sus propias vidas sin ser aislados en guetos asistenciales o recluidos en casa, acceder a las mismas oportunidades, tomar las mismas decisiones en la vida diaria que los demás ciudadanos, pensar y hablar por sí mismos sin la interferencia o mediación de otros.
Su lema, 'nada sobre nosotros sin nosotros' aclara la idea: a ellos no les pasa nada, es la sociedad, son las leyes, los modos y las costumbres sociales las que están mal hechas. Se trata de ser reconocidos como ciudadanos, y esto no solo lo consigue el legislador.
Como exigía gráficamente Romañach en un encuentro reciente: “quiero poder tomarme una caña en un bar: que me bajen la barra”. Pero lo mejor es escuchar al propio Javier, un torrente de energía verbal e inteligencia combativa, en la entrevista que le hizo Julia Otero para el programa televisivo ‘Las Cerezas’:
Por su meritoria defensa de los Derechos Humanos de ciudadanos muchas veces invisibles, Javier Romañach queda nombrado por este blog como Personaje Jurídico del Año 2007, galardón que se me acaba de ocurrir, más en serio que en broma, que entrego simbólicamente a Javier junto con un cariñoso abrazo, y que espero que acepte con el sentido del humor que le caracteriza.